El dolor es una de las causas más frecuentes de consulta médica. Todos lo hemos experimentado alguna vez, ya sea por una lesión, una enfermedad o una intervención quirúrgica. Sin embargo, el dolor no depende únicamente de lo que ocurre en nuestro cuerpo. También está influido por cómo funciona nuestro cerebro y por nuestro estado emocional. Entre las emociones que más pueden modificar la percepción del dolor se encuentra la ansiedad.
La ansiedad es una respuesta natural del organismo ante situaciones que percibimos como amenazantes. En pequeñas dosis resulta útil, ya que nos ayuda a reaccionar con rapidez y a mantenernos alerta. El problema aparece cuando esa sensación de tensión se mantiene durante mucho tiempo o es desproporcionada respecto a la situación que la provoca.
Cuando una persona siente ansiedad, su organismo activa una serie de mecanismos de defensa. Aumenta la frecuencia cardíaca, la respiración se acelera y los músculos permanecen en tensión. Si este estado se prolonga durante días o semanas, esa tensión muscular puede provocar molestias en el cuello, los hombros, la espalda o la mandíbula, además de favorecer dolores de cabeza o empeorar dolores ya existentes.
Por otro lado, el propio dolor puede convertirse en una fuente de ansiedad. Es frecuente que quien lleva tiempo sufriendo dolor se preocupe por su evolución, tema que exista una enfermedad grave detrás o piense que nunca mejorará. Esta preocupación aumenta el nivel de ansiedad y, a su vez, hace que el dolor se perciba con mayor intensidad. Se crea así un círculo vicioso: el dolor genera ansiedad y la ansiedad amplifica el dolor.
La ciencia ha demostrado que el cerebro procesa de forma conjunta la información relacionada con las emociones y con el dolor. Cuando estamos tranquilos, relajados y nos sentimos seguros, nuestro sistema nervioso es capaz de modular mejor las señales dolorosas. En cambio, cuando vivimos con miedo, estrés o ansiedad, el cerebro permanece en un estado de alerta constante y puede interpretar esas mismas señales como más intensas.
Esto no significa que el dolor «esté en la cabeza» o que la persona lo imagine. El dolor es siempre una experiencia real. Lo que ocurre es que los factores psicológicos pueden aumentar o disminuir la forma en que el cerebro lo interpreta, igual que sucede con el cansancio, el sueño o el estado de ánimo.
En las personas que padecen dolor crónico, esta relación cobra todavía más importancia. Con el paso del tiempo pueden aparecer dificultades para dormir, disminución de la actividad física, aislamiento social o sentimientos de frustración. Todo ello favorece la aparición de ansiedad e incluso depresión, complicando aún más la recuperación.
Por este motivo, el tratamiento del dolor no debe centrarse únicamente en aliviar el síntoma físico. En muchas ocasiones también es necesario abordar el componente emocional. Aprender técnicas de relajación, mejorar la calidad del sueño, realizar ejercicio adaptado a las posibilidades de cada persona o recibir apoyo psicológico puede contribuir a disminuir tanto la ansiedad como la intensidad del dolor.
Mantener una vida activa dentro de las posibilidades de cada uno también es fundamental. Aunque cuando duele lo primero que apetece es descansar, permanecer inactivo durante largos periodos puede favorecer la rigidez muscular y aumentar la sensación de dolor. El ejercicio físico pautado por los profesionales sanitarios suele formar parte del tratamiento de muchas personas con dolor persistente.
La comunicación con el equipo sanitario también desempeña un papel importante. Explicar cómo es el dolor, cuándo aparece, cómo afecta a la vida diaria y qué preocupaciones genera permite ofrecer un tratamiento más completo y adaptado a cada paciente. Del mismo modo, resolver dudas y comprender mejor la enfermedad ayuda a disminuir la incertidumbre, una de las principales fuentes de ansiedad.
También conviene recordar que pedir ayuda psicológica cuando existe dolor crónico no significa que el dolor sea imaginario. Significa tratar todos los factores que influyen en él. Igual que una lesión puede requerir medicación y fisioterapia, el dolor persistente puede beneficiarse de intervenciones dirigidas tanto al cuerpo como a la mente.
En definitiva, dolor y ansiedad mantienen una relación muy estrecha. Uno puede alimentar al otro, pero también es posible romper ese círculo. Un diagnóstico adecuado, un tratamiento individualizado y la adopción de hábitos saludables permiten que muchas personas recuperen calidad de vida y vuelvan a realizar actividades que habían dejado de disfrutar.
Cuidar la salud física y la salud emocional no son objetivos diferentes, sino dos partes de un mismo camino hacia el bienestar. Comprender esta relación nos ayuda a afrontar el dolor desde una perspectiva más completa y, sobre todo, más esperanzadora.
AUTORES:
Alba Herranz García. Médica Adjunta de Psiquiatría.
Itziar Estrella Muelas Rives. MIR de Dermatología Médico-Quirúrgica y Venereología.
Lydia García Fuentes. MIR de Urología.
Cristina Nicolau Cano. Médica Especialista de Medicina Preventiva y Salud Pública.
Laura Almenara Michelena. MIR de Aparato Digestivo.
Hospital Universitario Miguel Servet. Zaragoza.


