El cáncer y la pandemia de la soledad. Propuesta de una vacuna social


Equipo de Atención Social de aecc-Navarra Vanessa Uranga Salinas y Eva Roque Merino. Trabajadoras sociales

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Resulta complicado encender la televisión y no recibir un bombardeo de información sobre el tema. Si escuchamos a nuestro alrededor, llegan a nuestros oídos diversos debates sobre la misma cuestión. Con nuestra familia y amistades intentamos desconectar, pero siempre acabamos cayendo en la conversación de moda…No podemos evitarlo, el último año ha estado marcado por la primera pandemia del siglo XXI, la ocasionada por el virus SARS-Cov-2, conocido popularmente como COVID-19, ¿cómo no vamos a hablar de ello? Este virus ha tenido un gran impacto social y emocional sobre todas las personas que hemos atravesado sus distintas “olas”, restricciones y consecuencias.

No obstante, desde el inicio de su expansión, se han identificado sectores de población especialmente vulnerables, como las personas que se encuentran en tratamiento oncológico (porque, efectivamente, otras enfermedades siguen existiendo). A la dificultad del propio proceso oncológico, se añade para estas personas el sentimiento de preocupación o miedo generalizado ante el contagio y la probabilidad de sufrir complicaciones graves ante el mismo. Por ello y por la afección que la pandemia tiene en otros ámbitos de la vida diaria, más allá de las condiciones sanitarias, dicha consideración de vulnerabilidad debería extenderse también al nivel social, relacional y emocional de las personas con cáncer.

Los otros efectos de la pandemia

Si nos centramos en el aspecto social se calcula que, a nivel nacional, podemos identificar anualmente alrededor de 27.000 personas con cáncer en riesgo de exclusión social.
Esta cifra se está viendo aumentada en el último año debido al impacto que la pandemia ha tenido sobre la situación laboral y económica de estas familias. Partimos de una situación en la que, según datos extraídos del Observatorio del Cáncer de la Asociación Española contra el Cáncer (en adelante, AECC) a través de la Encuesta de población Activa (EPA), alrededor del 26% de las personas en edad laboral diagnosticadas en el año 2020 en España, se encontraban en situación de vulnerabilidad económica previa al diagnóstico. El 65% de pacientes oncológicos en desempleo, tienen más de 50 años por lo que su edad también juega un papel determinante en las probabilidades de éxito en la búsqueda de empleo.
Si nos centramos en la Comunidad Foral de Navarra, al inicio de la pandemia, el número de personas con cáncer en situación laboral vulnerable era de trescientos cincuenta, cifra que ha ido incrementándose como consecuencia de los procesos de ERE o ERTE, así como por despidos.
Esta realidad hace necesaria la asunción de medidas excepcionales de apoyo y acompañamiento a dicho colectivo con el objetivo principal de que las necesidades básicas de pacientes y familiares estén cubiertas y su situación no interfiera en el correcto seguimiento del tratamiento oncológico.

En cuanto al impacto emocional, podemos extraer datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) que estiman que ante la situación de confinamiento un 34.3% de las personas con cáncer han identificado sensaciones propias de trastornos de ansiedad o depresión. La preocupación de este sector de población ante la pandemia se da en mayor grado que entre la población en general y, si atendemos a las personas que dicen estar bastante o muy preocupadas, el dato asciende a un 96% en la población oncológica.
Estos datos responden fundamentalmente a la incertidumbre propia de una situación que escapa al propio control y el miedo a contraer el virus durante el proceso oncológico. La experiencia nos lleva a poder afirmar que muchos pacientes oncológicos han permanecido en un estado de aislamiento, no sólo durante el periodo de confinamiento, sino también tras el mismo debido a esta situación de vulnerabilidad. A pesar de que muchas de estas personas han podido mantener cierto contacto con sus seres queridos, el sentimiento de soledad y el impacto emocional que esto provoca es generalizado, tal y como refleja el estudio Diagnóstico del impacto emocional experimentado por las personas afectadas por cáncer durante la crisis del Covid-19, del observatorio anteriormente mencionado.

En busca de la vacuna para la soledad

Estas situaciones de privación social han afectado de manera desigual dependiendo de variables como el género, la edad o las redes de apoyo familiares de cada paciente. Del mismo modo, se han desarrollado diversas formas de combatir el comentado sentimiento de soledad dependiendo de las circunstancias personales.
Dentro de esta búsqueda del desarrollo de recursos personales para evitar que las emociones negativas y de soledad dominen el día a día entra en juego la atención psicológica especializada. Sin embargo, la intervención profesional no es la única alternativa. Uno de los efectos positivos de esta crisis sociosanitaria está siendo la formación de grupos de ayuda altruista entre los propios ciudadanos y ciudadanas que tratan de evitar sus pésimas consecuencias.
La Asociación Española Contra el Cáncer, aprovechando su amplia trayectoria en la gestión de servicios de voluntariado, ha decidido también adaptar su actividad de acompañamiento a las nuevas necesidades.
Una de las opciones más destacables es el acompañamiento a través de llamada telefónica o videollamada. En tiempos tan cambiantes encontramos una red de soporte estable que logra reducir el impacto que la soledad pueda tener sobre la situación emocional y el seguimiento del propio proceso oncológico. La relación entre el voluntariado y pacientes se construye como un espacio de confianza y fomento del bienestar, regido por la escucha activa.
Desde una perspectiva familiar, los cuidados y la atención a nuestros seres queridos se están enfrentando también a importantes limitaciones. Nuestras circunstancias diarias, así como las propias relaciones han cambiado y esto implica que no podemos llegar acompañar en los procesos como nos gustaría. Este tipo de servicios de voluntariado puede cubrir parte de estas carencias y complementar el apoyo familiar, proporcionando tranquilidad y soporte al entorno del paciente.
La experiencia con las personas que han recibido sus “dosis” de acompañamiento por parte del voluntariado nos permite confirmar que, en época de crisis, se trata de una opción muy positiva. El escenario ideal es que todas las personas que están atravesando un proceso oncológico puedan inmunizarse ante la soledad, ¿por qué no intentarlo a través de iniciativas de voluntariado? Aprovechemos esta consecuencia positiva de la pandemia: el fomento de la ayuda mutua.