Historias de vida (oncológica) I. Josefa (Pepi) Sánchez, fuerte y alegre

Tomás Yerro. Premio Príncipe de Viana de la Cultura 2019

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En dos ocasiones la había visto, sola, en la sala de espera del hospital de día de Oncología del CHN. A la tercera fue la vencida: -Me llamo Tomás. Creo que navegamos en el mismo barco. -Y yo, Pepi.

Ante una taza de café, desgranamos, con naturalidad y sencillez, nuestras biografías. En febrero de 2017 le habían diagnosticado un cáncer de páncreas. De la agradable conversación me quedé con una frase suya, que salió a relucir en encuentros posteriores: Sé que esta enfermedad va a llevarme con ella, pero se lo voy a poner muy difícil. No me va a joder así como así.

Pieza a pieza fui recomponiendo su trayectoria vital. Su nacimiento, el 16 de marzo de 1953, en Chelva (Valencia) en una familia humilde. Su traslado, con solo año y medio, a Aoiz (Navarra) en compañía de sus padres y hermana. El empleo del cabeza de familia en el aserradero que el complejo empresaria El Irati, S. A., fundado en 1907, poseía entre Aoiz y Ecay. Tras cursar la escolarización básica, el trabajo durante treinta años en la empresa Solano, en su día puntera en la fabricación de suelas de caucho para zapatos y zapatillas.
Recordaba muy bien el día de su boda con Koldo Cía, el 23 de noviembre de 1985, en la parroquia de San Francisco Javier de Pamplona. Me hablaba maravillas de su marido, navarro de Echauri, maestro de E.G.B. (Primaria) y profesor de Educación Física, Medalla al Mérito Deportivo 2020 concedida por el Gobierno de Navarra: Es un hombre bueno, generoso trabajador, detallista, buen marido y buen padre, radiografía que pude ratificar desde la primera ocasión en la que lo saludé. Se sentía muy orgullosa de sus tres hijos: Igor, de 34 años, ingeniero; Iker, de 32, L.A.D.E., profesor; y Miren, de 29, afectada por el síndrome de Down, adscrita al Proyecto Ítaca-Vida Independiente. Me impresionó el relato del parto de la menor: Todo parecía ir bien, pero cuando nació la criatura se hizo un silencio a mi alrededor. Al rato me la trajeron y me quedé sin palabras. Después, y hasta la fecha, le he venido prestando una atención especial. Me gustaría vivir por toda la familia, pero sobre todo por ella: es la que más me necesita.

Con el correr de las semanas y meses, las conversaciones cara a cara se fueron enriqueciendo mediante llamadas telefónicas, en las que intercambiamos informaciones sobre la evolución de nuestras dolencias, estados de ánimo, familias, amistades… También, acerca de nuestros respectivos oncólogos, en su caso el Dr. Antonio Viudez, al que siempre ponía por las nubes. Parece que voy perdiendo fuerza; a veces noto como si mis pies fueran de corcho y tuviera alguna dificultad para caminar; hace unos días, trasladándome a pie desde mi casa al hospital, me caí en la calle, etc, etc. La comunicación devenía mutuamente terapéutica.La ausencia de Pepi en la fecha en la que debíamos coincidir en el análisis de sangre, la consulta médica y la administración de la quimioterapia me dejó preocupado. Dos o tres días más tarde, a mediados de febrero de 2019, llegó el pronóstico fatal: Tomás, perdona que no te lo haya comunicado antes, pero este fin de semana he estado despidiéndome de mis amigas de Aoiz. El oncólogo me dijo la semana pasada que ya no puede seguir administrándome tratamiento. Solo me queda un máximo de seis meses de vida. Me anonadaron su serenidad y su entereza. Aunque la familia se trasladó a Pamplona en 1998, nunca perdió las raíces aoizcas.
El número de llamadas durante su espera fue en aumento. La palabra queja no figuraba en su diccionario. Bromeaba a propósito de su querido Koldo: Ya le he dicho: ‘Cómprate una chaqueta’, pero me dice que no la necesita. ‘¿Cómo que no la necesitas? Cuando yo falte y te eches otra novia, tienes que estar bien guapo’. Así era Pepi: alegre, atenta con todo el mundo, extrovertida, cariñosa, segura de sí misma, de una gran fortaleza interior, alérgica al desánimo… Hablé con ella el 17 de agosto de 2019, sábado, con emoción contenida. No necesitamos expresar que aquella sería nuestra despedida definitiva, pero ambos lo sabíamos. Falleció en el Hospital San Juan de Dios de Pamplona, muy tranquila, el lunes siguiente, día 19.
La masiva asistencia a su funeral en la parroquia de San Miguel, en Aoiz, confirmó lo que era de dominio público: Pepi fue una mujer muy querida. Con frecuencia, en solitario o en comunicación con Koldo, recuerdo a esta singular amiga, cuyo itinerario vital me resulta ejemplar y estimulante en mi incierto peregrinaje canceroso.