Los movimientos fetales constituyen una de las primeras señales de vitalidad fetal Si bien un embrión comienza a moverse de forma muy precoz, en torno a la semana 8 de gestación, como es lógico la percepción materna de estos movimientos es más tardía y va apareciendo progresivamente, conforme el bebé va adquiriendo un tamaño considerable.
Habitualmente, estos movimientos comienzan a percibirse en torno a la semana 18 – 22, cuando el bebé pesa unos 220 – 480 gramos y mide unos 22 a 29 cm. No obstante, estos pueden comenzar a sentirse algo antes (en torno a la semana 16 – 18) en cuando no se trata del primer embarazo, o algo después en el caso de gestantes con sobrepeso u obesidad. Un factor a tener en cuenta también será la posición de la placenta: en el caso de placentas de localización anterior (entre el abdomen materno y el bebé), esta actúa de “colchón amortiguador”, pudiendo hacer que los movimientos sean percibidos con posterioridad; en cambio, en placentas de localización posterior (entre el bebé y la espalda materna), dado que no existe “esa barrera”, pueden sentirse un poco antes. Lo que está claro es que, en cualquier caso, la no percepción de movimientos fetales a partir de la semana 24 de gestación deberá ser un motivo de alarma.
Desde que comienzan a hacerse notorios, estos movimientos van haciéndose más variados (movimientos de tronco, extremidades, respiratorios…) e intensos conforme avanza el embarazo (pues aumenta también el tamaño y fuerza fetales), hasta alcanzar una intensidad máxima a partir de la semana 28. No obstante, también es importante conocer que a partir de la semana 34 suele acentuarse lo que se conoce como “ritmo circadiano fetal” (periodos de actividad intercalados con periodos de sueño), por lo que puede podría existir un aumento de los periodos de menor percepción materna de movimientos. Ello debería saberse distinguir de una disminución de los movimientos con significado patológico o preocupante (por ejemplo, debido a un retraso del crecimiento intrauterino, pérdida del bienestar fetal por falta de líquido amniótico, insuficiencia placentaria o hemorragia feto-materna, enfermedades neuromusculares, malformaciones del sistema nervioso o síndromes genéticos fetales que alteren sus movimientos).
¿Y cómo podemos distinguir esto, o al menos intentarlo? Conociendo a nuestro bebé y su “patrón habitual de movimientos”, pues la intensidad y ritmo de los movimientos de cada bebé intraútero es diferente. No existe un “patrón ideal”. Cuando la disminución subjetiva de movimientos se deba a este ritmo circadiano fisiológico, los periodos de sueño o inactividad fetal siempre se alternarán con periodos de movimientos fetales adecuados y vigorosos durante otros momentos del día. No obstante, si esto no ocurre, sino que existe una disminución franca de la percepción de movimientos fetales, “un cambio en ese patrón” en un bebé que ya lo había adquirido de forma adecuada, podría existir un problema mayor, que requiera valoración obstétrica urgente.
De esta forma, si existe una disminución en la percepción habitual de movimientos fetales que dura más de 12 horas o una ausencia TOTAL de movimientos fetales que dura más de 2 horas, a partir de las 24 semanas, se recomienda acudir a un centro sanitario para recibir dicha valoración (recomendándose en ambos casos no esperar nunca más de 24 horas para consultar). Si dudamos, una buena idea será colocarnos tumbadas sobre nuestro lado izquierdo, en un momento del día en el que el condiciones normales el bebé suele estar activo (por ejemplo, después de comer), y contar meticulosamente la cantidad de veces que le notamos moverse: si le notamos en menos de 10 ocasiones en un periodo de 2 horas (cuando habitualmente su número de movimientos sea mayor – ya sabemos que hay niños más tranquilos), podríamos estar ante una disminución de movimientos que precise asistencia urgente.
En esta valoración, se realizará una ecografía y, por encima de las 28 semanas, se realizará también un registro cardiotocográfico – la conocida coloquialmente como “prueba de las correas” – para monitorizar los latidos del bebé y comprobar que el patrón de los mismos sea tranquilizador. Dependiendo de si todo está correcto, del número de episodios previos de disminución de movimientos y de la existencia o no de factores de riesgo maternos (edad avanzada, obesidad, hábitos tóxicos o enfermedades asociadas), se programarán los controles correspondientes (más o menos distanciados). De hecho, si esta disminución de movimientos es muy repetida (varios episodios previos a lo largo de la gestación), existen factores de riesgo importantes asociados o la gestación está ya muy avanzada (por encima de las 41 semanas), a veces el obstetra incluso podrá plantear una inducción del trabajo de parto, aunque todas las pruebas resulten normales, siempre individualizando cada caso y teniendo en cuenta el balance riesgo-beneficio.
¿Y podemos hacer alguna cosa “mejorar” estos movimientos fetales, o al menos prevenir que estos disminuyan? Bien, pues es sabido que fumar, consumir alcohol o dormir “boca arriba” (sobre todo durante el tercer trimestre), puede disminuir la cantidad de sangre que le llega al bebé y suponer por tanto un factor de riesgo, por lo que serán acciones a evitar (en cuanto a la posición para dormir, lo ideal será colocarse sobre el lado izquierdo, con una almohada detrás de la espalda). Por otro lado, actos como estar mucho tiempo sin comer, permanecer de pie durante un largo periodo de tiempo, realizar una actividad física intensa, sufrir estrés o tomar alguna medicación sedante o antidepresiva, pueden hacer que disminuya esta percepción de movimientos fetales por parte de la madre, sin que supongan un factor de riesgo para el bebé en sí.
Así pues, como se ha expuesto, unos movimientos fetales adecuados y regulares serán siempre señal del bienestar del bebé y de que sus sistemas nervioso y músculo-esquelético se están desarrollando, madurando y funcionando como deben. De esta forma, y por todas las implicaciones que ello conlleva, será importante para la madre conocer “qué es normal” y “qué no lo es” para poder acudir a un profesionales sanitarios cuando así se requiera. Y ante la duda, una cosa clara: mejor consultar.
AUTORES:
- Naomi Artal López (Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Parc Sanitari Sant Joan de Déu en Sant Boi de Llobregat, Barcelona).
- Ana Salinas Badia (Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Hospital de Barbastro).
- Elena Beltrán Murillo (Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza).
- María Cortés Costa (Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza).
- Pedro Olivera Salort (Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza).
- Ana Romeo Aparicio (Médico Residente de 4º año en Ginecología y Obstetricia, Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza).
- Celia Queipo Menéndez (Médico Residente de 4º año en Ginecología y Obstetricia, Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza).
- Laura Blasco Alconchel (Médico Residente de 3er año en Ginecología y Obstetricia, Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza).
- Rialta Castán Marigómez (Médico Residente de 3er año en Ginecología y Obstetricia, Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza).
- Hannah Sarasola Cullen (Médico Residente de 3er año en Ginecología y Obstetricia, Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza).


