El miedo a estar enfermo

Clara Lacunza Juangarcía. Psicóloga clínica. Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea. Javier Díaz Leiva. Psicólogo clínico. Fundación Proyecto Hombre Navarra. Ana Guinea Hidalgo. Psicóloga clínica. Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea

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En los últimos meses muchos de nosotros hemos experimentado con cierta inquietud la presencia de tos, dolor de cabeza o fiebre ante la posibilidad de estar enfermos, tranquilizándonos pocos días después. Sin embargo, para algunas personas, la convicción de padecer una enfermedad grave es una preocupación constante y limitante, que condiciona su funcionamiento habitual y que les genera un gran malestar emocional.

Sus múltiples visitas a los centros de salud y la realización de pruebas muchas veces innecesarias suponen además un coste económico para los servicios de salud. Son las personas “hipocondríacas”.

Definición del trastorno de ansiedad por enfermedad o hipocondría

En 1673, Jean Baptiste Poquelin, más conocido como Molière, caracterizó el trastorno hipondríaco en la que sería su última obra, “Le malade imaginaire” (El enfermo imaginario). En ella, el protagonista se muestra convencido de padecer algún tipo de enfermedad, convicción que actualmente se considera un aspecto central del denominado trastorno hipondríaco. Este cuadro, recogido en el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales) desde 1980, define la preocupación y malestar importantes en torno a la posibilidad de padecer una enfermedad grave. En la última versión (DSM-5), la tradicional hipocondría ha sido sustituida por dos cuadros diferentes: el trastorno de síntomas somáticos y el trastorno de ansiedad por enfermedad, que comparten la presencia de una elevada ansiedad acerca de la propia salud y la existencia de pensamientos y sentimientos excesivos relacionados con la misma.
Es considerado como un trastorno con importantes repercusiones personales y difícil abordaje terapéutico. Los pacientes que lo sufren muestran gran resistencia a recibir tratamiento en los servicios de salud mental, pues consideran que su problema tiene un carácter exclusivamente físico. Esto a su vez hace difícil establecer una adecuada relación terapéutica con ellos desde los servicios de salud mental. Todo esto comporta un gran coste a nivel emocional, relacional y laboral para las personas que lo sufren, al asociarse a un mayor número de visitas a los centros sanitarios y a la realización de un mayor número de pruebas médicas y tratamientos farmacológicos, con el coste económico que esto supone. Resulta difícil poder establecer la prevalencia de este trastorno en la población general, si bien es cierto que un porcentaje nada desdeñable de pacientes que acuden a los centros de salud haciendo referencia a problemas físicos presentan en realidad un trastorno hipocondríaco más o menos severo. Además, en muchos casos este se ve acompañado de ansiedad generalizada o de un estado de ánimo deprimido.
No obstante, en los últimos años se ha producido un importante avance en el estudio de esta patología, gracias al desarrollo de modelos explicativos de inspiración cognitivo-conductual que han permitido avanzar en el desarrollo de nuevos protocolos de tratamiento. Estos modelos suelen destacar la tendencia de los pacientes a amplificar una extensa variedad de síntomas somáticos y viscerales (estilo somático amplificador), junto con la tendencia a las interpretaciones catastróficas de los mismos. De este modo, una simple sensación en el pecho podría ser la señal inequívoca de estar sufriendo un infarto, o un pequeño quiste o lunar la antesala de un cáncer agresivo y fatal. En este punto la persona, preocupada ante la creencia de haber enfermado, desarrolla una mayor vigilancia ante cualquier signo relacionado con la enfermedad e intenta reducir su preocupación e incertidumbre consultando páginas webs de salud o acudiendo al médico, en busca de una tranquilidad casi siempre transitoria y de corta duración. Estas estrategias, denominadas conductas de seguridad, impiden a la persona recibir y procesar aquella información que desconfirme sus distorsiones en torno a los síntomas y a la enfermedad.

El tratamiento psicológico de la hipocondría

Teniendo en cuenta estos modelos se han desarrollado tratamientos con suficiente apoyo empírico. El principal objetivo de estos es modificar la forma en que el paciente interpreta sus sensaciones y síntomas corporales y, en consecuencia, la forma en que los afronta. Es decir: se trata de detectar y sustituir los pensamientos automáticos negativos sobre los síntomas físicos y los comportamientos asociados por otros más adaptativos y ajustados a la realidad. Para ello, resulta fundamental que la persona comprenda que su interpretación catastrofista sobre los síntomas somáticos determina sus respuestas emocionales y sus conductas de seguridad, contribuyendo a mantener el trastorno.
Para poder abordar de forma efectiva el problema será imprescindible la coordinación con el médico de atención primaria que atiende al paciente, de forma que se transmita de forma inequívoca el mismo mensaje y se establezca un pacto por el cual cesarán las pruebas y reaseguraciones contraproducentes. Fundamental también es el papel de la familia o de las personas que convivan con el paciente para evitar que ellos mismos se conviertan, con sus “tranquilizaciones”, en mantenedores del problema.
Así que si usted que está leyendo estas líneas se ve reflejado en esta problemática y sufre porque a pesar de los mensajes tranquilizadores que le transmite su médico está convencido de que padece una grave enfermedad, no dude en solicitar ayuda profesional.