La esofagitis linfocítica (EL) es una entidad histopatológica infrecuente y todavía poco comprendida, descrita inicialmente en la última década como un patrón inflamatorio distintivo del esófago. Se caracteriza por un infiltrado predominante de linfocitos intraepiteliales, en ausencia de un infiltrado significativo de granulocitos eosinófilos o neutrófilos, lo que la diferencia de otras esofagitis más prevalentes. Su relevancia clínica radica tanto en su asociación con síntomas esofágicos como en la necesidad de un diagnóstico anatomopatológico preciso para evitar errores diagnósticos.
Desde el punto de vista clínico, la EL se presenta con mayor frecuencia en adultos de mediana edad, con predominio femenino en algunas series. Los síntomas más habituales son la disfagia, la odinofagia y el dolor retroesternal, aunque también puede detectarse de forma incidental en endoscopias realizadas por otros motivos. Endoscópicamente, los hallazgos son variables y a menudo inespecíficos: mucosa aparentemente normal, edema, surcos longitudinales, placas blanquecinas o incluso anillos esofágicos, lo que obliga a un alto índice de sospecha y a la toma sistemática de biopsias.
El diagnóstico es eminentemente histológico. Los criterios más aceptados incluyen un aumento marcado de linfocitos intraepiteliales (habitualmente >20–30 por campo de gran aumento), con distribución peripapilar, espongiosis epitelial asociada y ausencia o escasez de eosinófilos y neutrófilos. Desde la perspectiva del patólogo, es fundamental descartar causas secundarias de linfocitosis intraepitelial, como la enfermedad por reflujo gastroesofágico, la enfermedad celíaca, infecciones, enfermedad de Crohn o el uso de determinados fármacos. La inmunohistoquímica puede mostrar predominio de linfocitos T CD3+, sin que exista un fenotipo patognomónico.
El manejo y seguimiento de la esofagitis linfocítica no están estandarizados. En la práctica clínica, el tratamiento suele dirigirse a los síntomas y a posibles condiciones asociadas, utilizándose inhibidores de la bomba de protones y, en casos seleccionados, corticoides tópicos. El seguimiento debe individualizarse según la evolución clínica, reservando nuevas endoscopias con biopsias para pacientes con síntomas persistentes o progresivos. En conjunto, la EL debe entenderse como un patrón histológico con correlato clínico variable, cuya correcta identificación requiere una estrecha colaboración entre el gastroenterólogo y el anatomopatólogo.
AUTORES:
Pilar Bernal Checa. Médico especialista Aparato Digestivo (H San Jorge).
Leticia Ollero Domenche. Médico especialista en Anatomía Patológica (H Miguel Servet).


