Se trata de uno de los puntos clave de cada consulta médica a lo largo de la gestación: la toma de la tensión arterial. Y no es para menos, ya que una tensión arterial alta en consulta (es decir, por encima de 140/90 mmHg) puede alertarnos de trastornos potencialmente graves, englobados en lo que denominamos “estados hipertensivos del embarazo” (EHE). Estos constituyen un espectro de incidencia creciente (5 – 10% de las gestaciones), principalmente debido al actual aumento de la edad media materna, así como a la existencia de otras patologías asociadas en las gestantes, también cada vez más presentes en nuestra sociedad (diabetes, obesidad, etc.).
Debido a su gran trascendencia, para los sanitarios resulta crucial su estudio exhaustivo, que nos ayude a alcanzar un correcto diagnóstico, adecuada clasificación y óptimo manejo, con el objetivo final de reducir las consecuencias maternas y fetales que estos puedan acarrear. De igual forma, por su importancia, para las gestantes también es imprescindible conocerlos, saber cuáles son sus diferencias y signos o síntomas de alarma que deben alertar y hacer consultar en un centro sanitario.
Y es que… “No todo es preeclampsia”, afortunadamente. De hecho, cuando encontramos una tensión alta (en consulta o en domicilio), los sanitarios tenemos que realizar un adecuado diagnóstico diferencial que nos ayude a orientar el caso y tomar la mejor actitud, siempre buscando el mayor beneficio para nuestras pacientes.
En primer lugar, deberemos confirmar dicho hallazgo, ya que para establecer un diagnóstico de hipertensión arterial (HTA) estrictamente se necesitarían dos tomas separadas al menos 6 horas, después de 10 minutos de reposo, con la paciente sentada y su brazo a la altura del corazón. Además, también es importante que descartemos la conocida “hipertensión de bata blanca”, que es aquella que se presenta únicamente en consulta, como respuesta transitoria al nerviosismo o estrés (no siempre consciente) que puede darse al encontrarse en un entorno sanitario, siendo todos controles tensionales domiciliarios normales.
Una vez confirmada la HTA, atenderemos en primer lugar al momento de la gestación en el cual nos encontramos para clasificar adecuadamente el EHE:
- Antes de la semana 20: la HTA previa a la gestación o diagnosticada antes de la semana 20, se denomina HIPERTENSIÓN CRÓNICA (una tensión elevada en este periodo sugiere una alteración basal previa, aunque no se tuviera conocimiento previo de ella). En este caso, los controles médicos serán habitualmente mensuales, siempre buscando signos clínicos o analíticos que nos ayuden a descartar el desarrollo sobreañadido de una preeclampsia (que podría darse hasta en el 25% de estas pacientes), como por ejemplo, el empeoramiento brusco de las cifras de TA. Si la tensión arterial está bien controlada (con o sin medicación), los obstetras podremos esperar incluso hasta la semana 40 de gestación para inducir el trabajo de parto, si este no se ha iniciado antes de forma natural.
- Después de la semana 20: cuando la tensión se eleva a partir de este momento, suele deberse a mecanismos placentarios subyacentes. La presencia o no de proteinuria (existencia de proteínas en la orina por encima de un umbral concreto) determinará si nos encontramos ante una PREECLAMPSIA (proteinuria positiva) o una HIPERTENSIÓN GESTACIONAL (sin proteinuria ni ningún otro signo o síntoma de preeclampsia). Por su trascendencia y posibilidad de evolución imprevisible, la que más nos importará e intentaremos diagnosticar de la forma más precoz posible, será la preeclampsia (que requerirá controles clínicos y analíticos similares a los de la hipertensión gestacional, pero mucho más frecuentes). También será fundamental ir controlando el crecimiento fetal (sobre todo en casos de preeclampsia o riesgo de padecerla), pues la alteración placentaria que condiciona la aparición de estos trastornos muchas veces se asocia con retrasos del crecimiento intrauterino.
Los síntomas que nos alertarán del posible desarrollo de una preeclampsia, además de la elevación de la TA, serán: dolor intenso de cabeza, destellos luminosos, pitidos en los oídos, fuerte dolor en la boca del estómago o en el lado superior derecho del abdomen, aparición de hinchazón llamativo en piernas, pies, manos o párpados y/o disminución de la cantidad diaria de orina. Cuando aparecen cifras de TA muy elevadas (por encima de 160/110 mmHg), alteraciones analíticas (como la disminución de la cifra de plaquetas o la alteración de las pruebas hepáticas) o síntomas muy severos, podremos estar ante una preeclampsia con criterios de gravedad, que en muchos casos requerirá la finalización de la gestación (a veces incluso en edades gestacionales prematuras), bajo tratamiento intravenoso antihipertensivo y preventivo de convulsiones (sería lo que denominamos eclampsia, una de las complicaciones más graves de la preeclampsia). En el caso de una preeclampsia sin criterios de gravedad o una hipertensión gestacional, los obstetras también indicaremos la finalización de la gestación, pero siempre a partir de que se alcance el término de la gestación (es decir, a partir de la semana 37).
Si pasadas las 12 semanas postparto la tensión arterial continúa elevada, esta se reclasificará como hipertensión crónica, pues ya no se trata de algo “transitorio” asociado al embarazo. De hecho, en el caso concreto de pacientes que han desarrollado una preeclampsia, se sabe que, además de existir un importante riesgo de repetición en nuevas gestaciones, presentarán también un riesgo duplicado o triplicado de desarrollar HTA crónica y/o enfermedades cardiovasculares en un futuro (de ahí la importancia que tendrá mantener unos hábitos de vida saludables).
Pero que no cunda el pánico, porque afortunadamente, a día de hoy disponemos de eficientes programas de cribado de preeclampsia (fundamentalmente de preeclampsia pretérmino – es decir, por debajo de la semana 37 – que es la que tiene especial interés y buscaremos intentar prevenir por las grandes implicaciones materno – fetales que acarrea, como por ejemplo la prematuridad), con tasas de detección por encima del 90% para preeclampsias que se desarrollan por debajo de la semana 34. Este cálculo del riesgo de preeclampsia se realiza de forma concomitante a la ecografía del primer trimestre (entre las semanas 11 y 13+6), teniendo en cuenta varios aspectos (factores de riesgo personales o familiares, tensión arterial en el momento de la ecografía, estado de las arterias uterinas y algún parámetro analítico). A las mujeres identificadas como de “alto riesgo de preeclampsia” se les recomendará tratamiento preventivo con ácido acetilsalicílico – ¡sí, la aspirina de toda la vida, pero a dosis mucho menores! – , que se mantendrá hasta la semana 36 de gestación, habiendo demostrado disminuir la aparición de preeclampsia pretérmino en un 62%. Asimismo, además de mantener unos hábitos de vida saludables, se les recomendará una adecuada ingesta de calcio (se dice que podría tener un papel preventivo en la preeclampsia y, en menor medida, en la hipertensión gestacional, al actuar mejorando la forma en la que los vasos sanguíneos maternos se adaptan al embarazo).
Así que NO, en el embarazo no siempre que tengamos la tensión alta tendremos una preeclampsia, pues ya hemos visto que el espectro de los “estados hipertensivos del embarazo” es muy amplio y variable. No obstante, lo fundamental será conocer (y gracias a ello, reconocer) los signos y síntomas de alarma que nos deben hacer consultar a un profesional sanitario, para de esta forma cuidar de la mejor forma posible de nuestra salud y la de nuestro bebé.
AUTORES:
- Naomi Artal López. Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Parc Sanitari Sant Joan de Déu en Sant Boi de Llobregat, Barcelona.
- Ana Salinas Badia. Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Hospital de Barbastro.
- Elena Beltrán Murillo. Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia, Hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza.
- María Cortés Costa. Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia. Hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza.
- Pedro Olivera Salort. Médico Adjunto en Ginecología y Obstetricia. Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza.
- Ana Romeo Aparicio. Médico Residente de 4º año en Ginecología y Obstetricia. Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza.
- Celia Queipo Menéndez. Médico Residente de 4º año en Ginecología y Obstetricia. Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza.
- Laura Blasco Alconchel. Médico Residente de 3er año en Ginecología y Obstetricia. Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza.
- Rialta Castán Marigómez. Médico Residente de 3er año en Ginecología y Obstetricia. Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza.
- Hannah Sarasola Cullen. Médico Residente de 3er año en Ginecología y Obstetricia. Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza.


