Hiperplasia benigna de próstata. Epidemiología, signos y síntomas. Tratamiento


Paula Gayarre-Abril, Jorge Subirá Ríos, José Ignacio Hijazo-Conejos, Jesús García-Magariño, Pilar Medrano-Llorente, Francisco-Xavier Elizalde-Benito, Jorge Rioja-Zuazu, Manuel Ramírez-Fabián y Benjamín Blasco-Beltrán. Adjuntos especialistas del Servicio de Urología y estadística del Hospital Clínico Universitatio Lozano Blesa. Zaragoza

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1. Incidencia y epidemiología

La hiperplasia benigna de próstata es el tumor benigno más frecuente en el varón y la enfermedad prostática más incidente. Aparece en más de la mitad de los varones de 60 años y en el 80% de los ancianos. Es una de las principales causas de retención urinaria y la causa más común de sintomatología del tracto urinario inferior (STUI) siendo responsable de una alta demanda en consultas de urología y suponiendo la segunda causa de ingreso por intervención quirúrgica urológica.

El desarrollo de la glándula prostática comienza en la 4ª década de la vida, y es a partir de la 5ª década donde tiene lugar un aumento global y rápido de su volumen, a expensas de la edad y la presencia de hormonas androgénicas.

2. Signos, síntomas y diagnóstico

Los síntomas típicos del paciente prostático, son los denominados bajo el término de síntomas del tracto urinario inferior (STUI), compartidos con otras muchas patologías con las que es importante un claro diagnóstico diferencial (patología inflamatoria y neoplásica, litiasis, enfermedades neurológicas o tratamientos farmacológicos.
Los STUI pueden ser de tipo clínica obstructiva, también llamados síntomas de vaciado, manifestándose chorro débil, micción en regadera, chorro intermitente, retardo miccional, esfuerzo miccional o goteo terminal; clínica irritativa o síntomas de llenado, con urgencia, nicturia, frecuencia e incontinencia; o clínica mixta.
En diagnóstico clínico es fundamental una historia clínica detallada de signos y síntomas, frecuencia y tiempo de evolución de los mismos. A continuación, una exploración física mediante tacto rectal, y ecográfica, ambas, poco invasivas y disponibles, con frecuencia, en la consulta de urología. Otra prueba interesantes que ayuda al diagnóstico es la flujometría, que mide el flujo miccional del paciente generando curvas de flujo posteriormente estudiadas, y cuyo resultado es concluyente en el diagnóstico de HBP con flujos pico inferiores a 12-15 ml/s.
La cistoscopia, que permite la visión directa de luz uretral, así como descartar patología con la que hacer diagnóstico diferencial, o la cistouretrografía miccional seriada (CUMS) de interés en la patología de estenosis uretrales, son otros ejemplos.

3. Tratamiento

La incidencia de la HBP se ha incrementado paralelamente a como lo ha hecho la esperanza de vida de la población, y como resultado, los tratamientos se han diversificado y se encuentran girando en un constante cambio.
El tratamiento farmacológico mediante alfabloqueantes (doxazosina, terazosina, alfuzosina, tamsulosina), o inhibidores de la 5-alfa-reductasa (finasteride), constituye la primera línea de actuación, no obstante, en muchas ocasiones, la clínica del paciente no responde a una terapia farmacológica, y es entonces cuando hay que recurrir a técnicas quirúrgicas.
La resección transuretral de adenomas prostáticos (RTUp), es considerada a día de hoy el tratamiento quirúrgico estándar, generalmente reservadas para próstatas pequeñas y medianas, recurriendo a la técnica de adenomectomía prostática abierta o laparoscópica, en próstatas de mayor volumen (>80-100 gramos), dadas las complicaciones que pueden derivar de la RTUp.
No obstante, el abanico es muy amplio y con él las alternativas quirúrgicas mínimamente invasivas como el láser verde, o el Holmium (técnica HoLEP), también la técnica Rezüm. No obstante, pese a ser procedimientos con resultados esperanzadores, su disponibilidad no es completa en muchos hospitales.
La adenomectomía abierta convencional o prostatectomía retropúbica abierta, descrita en 1945 por Terrence Millin, se diferencia principalmente de la RTUp por la capacidad de extirpar en su totalidad adenomas prostáticos de gran tamaño, no obstante, hay que destacar su mayor morbilidad quirúrgica y postoperatoria siendo una cirugía cruenta con una importante pérdida de sangre y una estancia hospitalaria más prolongada. Todo ello impulsó el desarrollo de la cirugía laparoscópica, que se ha incrementado en los últimos años, y ha superado a la adenomectomía abierta convencional demostrando grandes beneficios en cuanto a menores convalecencias, bajos niveles de dolor postoperatorio y prontas reinserciones sociolaborales.
No obstante, es importante no olvidar que la decisión terapéutica debe ser individualizada y adaptarse a las características individuales de cada paciente.