Sanar las heridas emocionales

Pilar Moros Borgoñón. Psicóloga Clínica. Coleg. A-399. Gabinete de Psicología Clínica

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A veces escuchamos palabras como “herida emocional” o “estoy herido o dañado” o incluso la palabra “trauma”… Podemos hacer una interpretación de lo que le puede ocurrir, pero en muchas ocasiones nos podemos equivocar, ya que no sabemos la realidad de la vivencia que tiene la persona con una herida emocional sin curar.

¿Qué es una herida emocional?

Es una desconexión desadaptativa donde se pierde el control de nuestros actos, pensamientos y sentimientos según recordamos, vemos o vivimos sucesos similares a los que provocaron nuestras cicatrices. Una forma de identificar si hay heridas se realiza cuando hay palabras que destruyen en lugar de construir, si lastiman en lugar de consolar, si están llenas de hiel y no de miel…
Las heridas físicas siempre marcan un tiempo establecido para la recuperación, mientras que las emocionales siempre traen consigo la inquietud de saber cómo sanarlas, no tienen un tiempo determinado de duración por influir la vulnerabilidad frente a circunstancias adversas y negativas. La llave de la autoestima logra abrir cerraduras que parecían impenetrables para salir del sufrimiento rápidamente o encerrarse en el dolor con depresión, amargura, melancolía, angustia y ansiedad.
Las experiencias dolorosas que se desarrollan a lo largo de nuestra vida conforman las heridas emocionales. Tenemos que ser conscientes de que las tenemos y no ocultarlas, porque cuanto más tiempo se espere en sanarlas se irá deteriorando el estado emocional, generándose dentro de uno mismo: agresividad, ira, desconfianza, culpabilidad, venganzas sin fin, odio, rencor, soledad, aislamiento…

Nos puede ayudar experimentar varias fases para sanar las heridas

1ª Aceptar la herida como parte de uno mismo: Aceptar la herida significa mirarla, observarla detenidamente y saber que existen situaciones para resolver que forman parte de la experiencia del ser humano. Ese es el momento de pensar en curar ese daño.
2º Aceptar el hecho de que si temes o reprochas, te hieres a ti mismo y a los demás: La voluntad y la decisión de sobreponernos al dolor debe mejorarnos y conducirnos hacia la paciencia, la compasión y la comprensión con nosotros mismos. Si desarrollamos estas cualidades nos ayudará a sentir y alimentar el bienestar anulando el rencor y la agresividad.
3º La transformación con la canalización del sufrimiento es posible: Nuestros pensamientos, reflexiones y conductas nos favorecen aunque requiere un esfuerzo continuo en realizar lo correcto mirando de frente a la herida. Encontramos formas constructivas de darnos cuenta de los beneficios positivos que obtenemos de las experiencias dolorosas dando paso al proceso de curación. Se trata de cambiar las perspectivas sombrías para eliminarlas de la mente y realizar la limpieza de emociones destructivas.
4º Liberarse de la culpa y el rencor para encontrar la curación de la herida: Nos damos cuenta de que cuando nos enfadamos con las personas que se consideran culpables de ese daño realizado, sí conseguimos un desahogo momentáneo de ese rencor pero al mismo tiempo que lo hacemos se arañan las heridas de forma constante. Lo que realmente nos ayuda es liberarnos de esa culpa y rencor, para ello es necesario perdonar. El perdón es un acto que se desarrolla con fuerza de voluntad y que está en nosotros el poder desprendernos de algo que nos quita la energía y la tranquilidad.
La maduración y el crecimiento personal son un proceso sobre la responsabilidad de la propia vida y sobre las repercusiones que nuestra forma de vivir tiene en los demás. Es un proceso dinámico, no determinado aunque sí condicionado, que puede elegir de forma libre, cómo, por qué y para qué quiere vivir su propia vida, ya que en las personas residen profundos deseos de crecer y encontrar respuestas positivas que den sentido y bienestar emocional en su camino de ser uno mismo y de vivir.