Tuberculosis

Raquel Rodil Fraile y José Ramón Azanza Perea

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La tuberculosis (TBC) es una enfermedad causada por la bacteria Myco-bacterium tuberculosis, que fue descubierta en 1882 por Robert Koch. Con el término de tuberculosis se describe la capacidad de formar nódulos (“tubérculos”) en los tejidos afectados.

Desde principios del siglo pasado la TBC fue disminuyendo de manera considerable gracias, sobre todo, a las mejoras higiénicas y al aislamiento en sanatorios. Con la aparición de la pandemia del sida en 1980 comenzó la inversión de esta tendencia, siendo actualmente un grave problema para la salud publica mundial. De hecho, la infección por VIH es actualmente el principal factor de riesgo para padecer tuberculosis. En el año 2000, un tercio de la población del planeta estaba infectada por M. tuberculosis, con 8 millones de casos nuevos y casi 2 millones de fallecimientos en ese año. En España no somos ajenos a este problema, puesto que cada año aparecen alrededor de 14.000 nuevos casos de enfermedad tuberculosa (tasa de 35/100.000 habitantes) de los que aproximadamente el 45% son bacilíferos.

El reservorio natural de la bacteria es el ser humano. Las partículas infecciosas se propagan por vía inhalatoria y son expelidas por personas bacilíferas. Los enfermos al hablar, toser o cantar lanzan al aire pequeñas gotas cargadas de bacilos, capaces de permanecer en el ambiente durante horas. Algunas alteraciones en la mucosa del árbol bronquial, unidas a causas ambientales como el tabaco y la contaminación, disminuyen la capacidad de eliminación de estos gérmenes. Cuando el germen llega a los alvéolos pulmonares (pequeños saquitos anatómicos de las vías respiratorias finales de los pulmones) es capaz de reproducirse en un plazo aproximado de 14 a 21 días. En ocasiones, puede llegar a diseminarse por la sangre al resto del organismo, en especial a órganos o tejidos ricos en oxígeno (riñones, cerebro y huesos), pudiendo quedarse anidado en estado latente sin multiplicarse durante años (estado de primoinfección). Estos procesos ocurren, sobre todo, en la infancia y se manifiesta como una enfermedad infecciosa poco específica. En situaciones de debilidad de las defensas naturales del organismo puede iniciarse la multiplicación del germen y llegar a producir la enfermedad.

La forma más frecuente de presentación, y la que conlleva mayor capacidad de contagio, es la pulmonar (tuberculosis respiratoria). Los síntomas más frecuentes son la tos y la expectoración prolongada durante más de 2-3 semanas. La Tuber-culosis puede ser una enfermedad mortal. Diagnóstico y prevención El diagnostico se realiza mediante la prueba de la tuberculina. Esta prueba es indicativa de un contacto previo con el bacilo tuberculoso. Consiste en comprobar la reacción de la piel a la inyección de una pequeña cantidad del derivado purificado de una proteína; tras 48-72 horas se realiza la lectura, que consiste en la medición del diámetro de induración en la zona de la inyección. En España se considera positiva la reacción mayor de 5 mm, salvo en determinadas excepciones. A la hora de crear un programa de prevención de la TBC, los dos pilares fundamentales son un diagnóstico temprano y un tratamiento completo y adecuado de los pacientes (de larga duración y con varios fármacos, que se debe de cumplir “a rajatabla” para evitar el temido desarrollo de resistencias antibióticas y que el cuadro no se cure). En el control de la TB “curar es mejor que prevenir”. El estado de “diseminador” representa un mayor peligro de contagio para la familia y la comunidad y son muchas veces el caso inicial de microepidemias. Hasta un 30% de los enfermos reconoce haber estado en contacto con un caso activo en los años previos. Por eso, una de las actividades más eficaces desde el punto de vista de control se basa en el estudio de los contactos de los enfermos con Tuberculosis. Todas las personas del entorno de un paciente tuberculoso bacilífero pueden potencialmente contagiarse. No obstante, la probabilidad de que la TBC se transmita depende fundamentalmente de cuatro factores: a) el número de microorganismos expelidos en el ambiente; b) el ambiente en el que se produce la exposición; c) la duración de la exposición (contacto íntimo diario mayor de seis horas); d) la agresividad del organismo para desarrollar la enfermedad.

Riesgo de contagio

El mayor riesgo de contagio de la enfermedad se encuentra en grupos especiales como el personal sanitario, personal de instituciones penitenciarias, personal de asilos, guarderías, centros de acogida y trabajadores sociales con grupos de riesgo y personas que padezcan algún tipo de riesgo infeccioso (VIH, diabetes mellitus, inmigrantes de bajo nivel económico, presos). En el período comprendido entre 1850-1920, muchos países observaron importantes descensos de la mortalidad por Tuberculosis que no podían ser atribuidos ni a los fármacos ni a los ingresos en sanatorios pero sí a las mejoras en las viviendas (menos hacinamiento, mayor ventilación), a la mejora de las condiciones laborables, del estado nutricional e higiénicos y al acceso a los servicios sanitarios y la prevención de situaciones de marginación.

Un método tan sencillo como cubrir la boca con un pañuelo de un solo uso al toser o estornudar evita la evaporación de las partículas aerosolizadas. El empleo de mascarillas quirúrgicas, que cubran boca y nariz, utilizadas de manera simultánea por el enfermo y las personas en contacto temporal con él, evita la diseminación de bacilos. Los pacientes con sospecha de padecer Tuberculosis deberán estar el menor tiempo posible en lugares de concentración de muchas personas, como pueden ser áreas de urgencias, residencias de la tercera edad. El aislamiento, tanto en el hospital como en el domicilio, debe practicarse en habitaciones de uso individual, con luz natural, soleadas, con ventanas amplias y abiertas con frecuencia; y la puerta permanecerá siempre cerrada. En caso de la existencia de sistemas de climatización, el aire tiene que dirigirse siempre al aire libre y debe evitarse el reciclaje hacia otras zonas del edificio. La limpieza y desinfección de los dormitorios y de los materiales utilizados por pacientes tuberculosos se realizará siguiendo los procedimientos generales, no siendo necesario adoptar medidas adicionales. Las ropas de cama o personales y los objetos de aseo y comida no transmiten la enfer- medad. El tiempo necesario para retirar el aislamiento en enfermos contagiosos será cuando los cultivos de esputo sean negativos.

Después de más de 50 años de vacunación masiva en muchos países, su indicación sigue siendo polémica ya que su eficacia es muy variable y no evita la infección tuberculosa ni protege al infectado; su capacidad de protección es inconstante y transitoria y no dura más de 15 años. La protección consiste básicamente en evitar las complicaciones graves que pueden seguir a la primoinfección tuberculosa (meningitis, Tuber-culosis diseminada).