La obesidad no atañe de igual forma a la mujer a los 20 años que en la menopausia. A lo largo de la vida, cambian las hormonas, la composición corporal, la fertilidad y también el riesgo cardiometabólico. Por eso, hoy sabemos que no basta con hablar de peso sino que hay que entender qué ocurre en cada etapa vital.
En mujeres jóvenes, el exceso de adiposidad puede relacionarse con resistencia a la insulina, alteraciones menstruales y síndrome ovárico metabólico poliendocrino -antes conocido como síndrome de ovario poliquístico-. Esto puede afectar a la fertilidad y aumentar el riesgo de complicaciones metabólicas futuras.
Con la perimenopausia y la menopausia, muchas mujeres ganan peso y su grasa corporal se redistribuye: aumenta la grasa abdominal y visceral a la vez que disminuye la masa muscular. Esto favorece la hipertensión, las alteraciones del colesterol y la resistencia a la insulina, además de incrementar el riesgo cardiovascular.
Por eso, la evaluación de la obesidad no debería centrarse sólo en el peso, porque es importante valorar la composición corporal, el músculo, el metabolismo, las enfermedades asociadas y el impacto que esto tiene sobre la salud.
Los nuevos fármacos para la obesidad actúan sobre mecanismos hormonales relacionados con el apetito y la saciedad, por lo que ayudan a conseguir pérdidas de peso clínicamente relevantes. Pero su indicación debe individualizarse y no todas las pacientes son candidatas a estos tratamientos. Antes de prescribirlos, es necesario valorar el riesgo metabólico y cardiovascular, las enfermedades asociadas, otros tratamientos y, en la mujer, la situación reproductiva y el posible deseo de embarazo.
Además, es esencial preservar la masa muscular. Para ello, es importante una alimentación equilibrada, un aporte suficiente de proteínas y el ejercicio -especialmente el de fuerza-. El objetivo no es sólo perder kilos sino ganar salud y calidad de vida.
AUTORA
Dra. Carolina Ceamanos



