Cómo prevenir la Diabetes Mellitus tipo II

Marta Montañés Guimerá, María José Guillén Sosa, Maitane Aguirre Eguaras, Elisa Martínez Monreal y Yoana Martínez Cilleros. Enfermeras del Complejo Hospitalario de Navarra. Blanca Martínez Monreal. Médico del Servicio de Urgencias Extrahospitalarias de Osasunbidea

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La diabetes mellitus tipo II o no insulinodependiente es el tipo más común de diabetes.  Supone el 80-90% de los casos, el número de afectados en todo el mundo de forma acelerada.

Es una enfermedad crónica que en la actualidad es cada vez más frecuente su diagnóstico en jóvenes debido al alarmante aumento de la obesidad infantil.

Cuando se padece, el cuerpo no produce suficiente insulina o las células no hacen uso de la insulina. La insulina es necesaria para que el cuerpo pueda usar la glucosa como fuente de energía. Cuando comemos, el cuerpo procesa todos los almidones y azúcares, y los convierte en glucosa, que es el combustible básico para las células del cuerpo. La insulina lleva la glucosa a las células. Debido a este mecanismo de resistencia a la insulina, es por lo que la glucosa se acumula en la sangre en vez de ingresar a las células, lo que puede dar lugar a complicaciones.

¿Qué la causa?

La genética y los factores ambientales son las principales causas.

Los factores de riesgo para  padecerla son:

Obesidad.

Hiperlipemia (aumento de los niveles de colesterol en sangre).

Hipertensión arterial.

Hábitos alimenticios no saludables (rica en grasas saturadas y poliinsaturadas, azúcares…).

Sedentarismo

Es mayor la frecuencia de diabetes tipo II en personas con antecedentes familiares de primer grado.

¿Cuáles son sus síntomas?

Sensación de fatiga.

Visión borrosa.

Sed habitual y necesidad de beber.

Hambre  a horas inusuales del día.

A veces se puede producir pérdida de peso.

Poliuria (aumento de la necesidad de orinar).

Aumento del número de los procesos infecciosos y mayor lentitud en la curación de lo mismos.

Dolor o entumecimiento de los pies y manos.

Irregularidades menstruales.

En su fase inicial no presenta síntomas y suele ser diagnosticada en una analítica de control rutinaria. Por lo que en muchas ocasiones cuando se llega al diagnóstico se han producido complicaciones.

¿Qué complicaciones puede producir?

Esta patología produce trastornos metabólicos caracterizados por una elevación inapropiada de la glucosa en sangre (hiperglucemia), que da lugar a complicaciones crónicas por afectación de grandes y pequeños vasos y nervios.

Puede llegar a producir síndrome metabólico, que eleva el riesgo cardiovascular. A este síndrome se asocia la diabetes, hipertensión arterial, aumento del colesterol, ácido úrico y/o triglicéridos y sobrepeso.

¿En qué consiste el tratamiento?

Se basa en tres pilares básicos fundamentales:

Un plan de alimentación equilibrado.

Práctica de ejercicio físico regular.

Tratamiento farmacológico personalizado.

En los pacientes que presenten obesidad el objetivo principal será la reducción de peso.

¿Cómo prevenir la diabetes tipo II?

Ejercicio físico de forma habitual: mejora los niveles de colesterol, la presión arterial, ayuda a controlar el peso corporal y, especialmente, mejora la resistencia a la insulina. Muchos estudios demuestran que aquellas personas que realizan ejercicio físico de forma habitual desarrollan menos casos de diabetes tipo 2 que otras que permanecen sedentarias.

Es aconsejable realizar ejercicios de carácter aeróbico como caminar rápido, montar en bicicleta, nadar o salir de excursión. Este tipo de ejercicio consumen más cantidad de glucosa mientras que se realizan por lo que tienen un mayor efecto preventivo. La duración recomendada es de 30-60 minutos diarios o al menos días alternos.

Debe introducirse como una actividad placentera como una más en nuestra agenda semanal.

Alimentación saludable: un buen control alimentario reduce la probabilidad de padecer diabetes y  a la vez la hipertensión o aumento del colesterol.  La alimentación más recomendada es la llamada dieta Mediterránea, otra buena opción sería seguir dietas con menor contenido en hidratos de carbono que las tradicionales. Consiste en llevar una alimentación equilibrada y saludable reduciendo la cantidad y la frecuencia de aquellos alimentos más ricos en hidratos de carbono como azúcares y dulces pero también harinas como arroz, pasta, patata, legumbres, pan y cereales. Por lo otro se incrementaría la cantidad de alimentos proteicos (carnes, pescados o huevo) y alimentos grasos, como aceite de oliva y otras grasas cardiosaludables.

Es también recomendable repartir las comidas en  5 ó 6 veces al día, debido a que si se reparte la alimentación en varias tomas a lo largo del día el impacto sobre las cifras de glucosa es mucho menor, a la vez que consigue moderar el apetito.