¿Estigmatizamos a las personas con enfermedad mental?

Dra. Olga Lucía Correa Ospina. Médico psiquiatra. Hospital Reina Sofía de Tudela. Unidad de Hospitalización Psiquiátrica

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La palabra estigmatizar proviene del griego. Se usa para referirse a las heridas sangrantes que “aparecen” en algunos santos asemejándose a las heridas de Cristo en la cruz. Por tanto, puede considerarse como el concepto original de este término la acción de marcar a alguien.

En sociología, estigma es una condición que hace que la persona portadora sea incluida en una categoría social hacia cuyos miembros se genera una respuesta negativa y se les ve como culturalmente inaceptables o inferiores. Así estigmatizamos a las personas cuando según la raza que tengan, la religión que practiquen, el lugar de donde procedan, por dar algunos ejemplos; de forma automática nos hacemos una idea de qué tipo de persona es.
Pues bien, a lo largo de la historia el padecer una enfermedad mental ha sido y lo sigue siendo motivo para estimatizar a las personas como diferentes. Las personas en estas situaciones han sido separadas de sus familias y de su entorno social por temor a lo desconocido. Y es que las enfermedades mentales hasta hace no mucho tiempo eran unas grandes desconocidas, incluso para la sociedad médica.
Se ha recorrido un largo camino con el propósito de entender y tratar las enfermedades mentales. Inicialmente se creía no había ninguna solución. Se pensaba que eran “taras” o defectos irremediables de algún miembro de la familia. Y por supuesto era un tema del que no se hablaba abiertamente y podía ser motivo de vergüenza para los grupos sociales.

Tema tabú

Luego, con el avance de la medicina, pasamos al deseo desesperado de encontrar la forma de resolverlas, ya que se ha podido comprender que no se trata de “defectos irremediables”, sino de enfermedades del funcionamiento mental.

Desde el inicio de la búsqueda de una solución para estas enfermedades se ha pasado por métodos que al día de hoy serían inaceptables con la intención contener la “agresividad”. Pero los resultados no conseguían ser del todo positivos. Los pacientes no mejoraban.
En vista de la ausencia de una solución efectiva y las dificultades de manejo en casa, estos pacientes empezaron a ser institucionalizados. Esto significa que ingresaban en centros de salud mental sin muchas posibilidades de plantearse la recuperación de una vida satisfactoria, si algún día se contó con ella. Esto con el alto precio del aislamiento y la pérdida de autonomía para la persona.
Así se trataba la enfermedad mental grave antes de los años 70’ en España y la mayor parte del mundo. Para muchas familias esto implicó un sufrimiento importante. En muchos casos se tendía a la ocultación de la realidad, ya que resultaba muy dolorosa, porque se entendía que un integrante de la familia había enfermado y “nunca mejoraría”.
De manera que se convirtió en tema tabú, sobretodo si se trataba de alguna familia influyente en la sociedad o personaje público, este dato familiar se omitía. Y al familiar en cuestión se le recluía en los antiguos manicomios.
Esto dio pie a que la enfermedad mental a lo largo de los años fuera señalada como un defecto social. O como el escritor Torcuato Tasso titula en su libro que cuenta la historia de un manicomio y una mujer que ingresa en él, “los renglones torcidos de Dios”. Y así va surgiendo poco a poco la estigmatización de las personas con enfermedad mental.
Pero afortunadamente los seres humanos y la ciencia de su mano han evolucionado. Ya no entendemos la salud mental de forma tan equivocada. La medicina se ha preocupado por comprender más las enfermedades mentales y se ha propuesto de forma frenética a darles solución. En este punto estamos ahora. Con la investigación científica sobre la causa de las enfermedades mentales, el desarrollo de fármacos más eficaces y respetuosos con la autonomía y personalidad de los usuarios, y con la instauración de redes más completas de manejo de estas patologías, donde la rehabilitación de las personas tiene un lugar tan importante como el tratamiento en sí.

Centros de rehabilitación

Sobre la década de los años 70 se inicia el movimiento conocido como “desinstitucionalización”. Este proceso consistió en que progresivamente los pacientes fueron evaluados de forma minuciosa y salieron de los antiguos ”manicomios”. Fueron derivados a centros de rehabilitación en salud mental y centros de tratamiento individualizado con equipos de profesionales a cargo de su seguimiento ambulatorio y otros recursos especializados para la recuperación de las personas.
Esto supondría dejar atrás la época de ocultar a las personas que enferman a nivel mental. Pero la lucha para abandonar el estigma y el rechazo de estas personas es difícil. Se sigue observando que a nuestros pacientes se les trata como poseedores de enfermedades contagiosas, o motivo de vergüenza y esto genera temor y por lo tanto se les aleja.
Debemos saber que las enfermedades mentales pueden ocurrir en todos los estratos de la sociedad sin respetar raza ni nivel económico. Y también debemos saber que uno de los primeros indicadores de buen pronóstico en un paciente de salud mental es la situación de integración social. Cuando un paciente es despedido de su empleo; cuando sus amigos se aíslan; cuando su pareja se separa, las posibilidades de recuperación no desaparecen, persisten pero el camino hacia esta se hace más difícil de recorrer.

Integración social

Somos seres sociales y por lo tanto necesitamos de la sociedad en mayor o menor medida para conservar una salud mental óptima. Parte del proceso terapéutico de un paciente recae sobre la recuperación o integración social. La mente lo requiere para restablecerse. Un individuo aislado independientemente de su situación de salud mental tiende al deterioro de sus capacidades, al estancamiento de su evolución.
Esta puede no ser una tarea fácil para muchas de las personas del entorno de un paciente que padece una enfermad mental. Cuando un familiar enferma, la familia completa se ve afectada, el sufrimiento no lo padece solo ese individuo, toda la unidad familiar lo vive de una u otra forma. Y por desgracia a veces no se intenta reparar el daño por miedo, pero sobretodo por desconocimiento.
Desconocimiento de que hay posibilidad de recuperación. Los profesionales en la salud mental estamos deseosos de integrar a las familias y red social de nuestros pacientes en el proceso de restablecimiento de la salud, de rehabilitación y de recuperación. Creemos que es fundamental trabajar en equipo con pacientes y familiares y así mejorar los resultados.
Ahora bien hay que decir que en muchos casos los primeros que ocultan de enfermedad y sienten vergüenza de padecerla son los propios pacientes. Es decir, que se “autoestigmatizan”. Es comprensible que así sea teniendo en cuenta lo que hemos visto a lo largo de la historia en la salud mental y la manera de visualizarla por parte de la sociedad. Si temen verse, o se han visto señalados y apartados por padecer dificultades a nivel de la salud mental, lo esperable es que tiendan a ocultarlo.
Por eso, hacemos especial énfasis en la necesidad de que haya una clara comprensión de que las enfermedades mentales son un problema de salud, no un elemento de desprestigio. Que si lo ocultamos de tras de la puerta, solo puede producir más sufrimiento.