La investigación clínica en la enfermedad de Alzheimer


Dr. Juan Lahuerta . Neurólogo. Director Médico de los centros de las Hermanas Hospitalarias en Navarra

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La investigación de pocas enfermedades recibe tanta atención hoy como la que se realiza en la enfermedad de Alzheimer (EA). Muestra de este interés fue la designación del año que acaba de cerrarse, 2011, como“año de investigación en Alzheimer”. ¿Por qué este gran interés e inversión de tantos recursos en la investigación de esta enfermedad? La razón está a la vista de todos: el sueño de la humanidad durante tantos siglos de vivir más años está dando lugar a esta epidemia. Hay más de 26 millones de enfermos de Alzheimer en el mundo, de ellos unas 600.000 personas en España y otras 200.000 sin diagnosticar. Las estimaciones de mayor supervivencia de las personas no hacen sino ensombrecer este panorama: la EA afecta al 10% de la población mayor de 65 años y casi al 50% de la población mayor de 85 años. En la actualidad el coste de dicha atención supone unos 30.000 euros al año por persona.

La respuesta a este importante reto pasa por la investigación clínica de la EA. De aquí la necesidad de concienciación de todos de la trascendencia del problema, de invertir en esta investigación y de dotarnos de personas preparadas y de medios que puedan cambiar este sombrío panorama. Las respuestas a por qué se desarrolla la EA, qué la causa, cómo evitarla o retrasarla, cómo mejorar los síntomas de las personas que la padecen y mejorar su actividad funcional e independencia, las van a proporcionar los estudios –muchos de ellos a largo plazo- que se están desarrollando o que van a iniciarse en todo el mundo.

La EA suele desarrollarse a lo largo de varios años y de forma progresiva. Con la enfermedad se produce un declive en la persona y se desarrollan defectos de las funciones cerebrales: pérdida de memoria, alteración del juicio, de la motivación, del lenguaje, de la comprensión, etc. Por decirlo de un modo gráfico, a la persona se le roba su propio ser y deja de ser la que siempre fue. Junto a ello, se producen también alteraciones del comportamiento: vagabundeo, agitación, agresividad, trastornos del sueño, etc. Finalmente, la persona pierde incluso en gran medida su capacidad de relación con el entorno, de movilidad, pasando a ser completamente dependiente en sus necesidades vitales básicas. La muerte suele producirse como consecuencia de una complicación de la enfermedad, especialmente por infección respiratoria.

¿Cuáles son las principales preguntas a responder?

Aunque las líneas actuales de investigación en la EA comprenden diversos campos de las ciencias biomédicas: genética, biología molecular y celular, inmunología, farmacología, técnicas de imagen, etc., el conocimiento que producen los estudios individuales requiere de una integración de resultados y de una adaptación a la realidad clínica del paciente y de su entorno. Sólo así, un avance en una ciencia básica puede acabar teniendo una aplicación práctica. Es lo que se denomina “investigación traslacional” y precisa de una estrecha cooperación entre científicos básicos y médicos clínicos. Los primeros tratan de buscar respuestas a las preguntas de los médicos clínicos (p. ej. ¿por qué hay familias en las que la enfermedad es más frecuente?) y estos, a su vez, deben adaptar las respuestas en intervenciones que puedan ser usadas por los pacientes y sus familiares (p. ej. una determinación genética que pueda predecir el riesgo individual de desarrollar la EA).

¿Por qué se produce la enfermedad?

Se desconoce actualmente qué provoca la EA. Más aún, no estamos totalmente seguros de que lo que llamamos “enfermedad de Alzheimer” sea realmente una única enfermedad. Bien pudiera ser la forma común de manifestarse diversos trastornos del cerebro. En los últimos 25 años se ha obtenido una valiosa información sobre las lesiones cerebrales que subyacen a la EA, y de los mecanismos moleculares asociados con ellas. Las principales hipótesis se relacionan con el depósito, dentro y fuera de las células nerviosas, de complejos anormales de proteínas. Se desconoce si estos depósitos son la causa de la EA, o sólo son una manifestación del proceso que la desencadena. La respuesta a esta pregunta resulta esencial para actuar sobre un mecanismo que por alguna causa “se estropea”. El conocer íntimamente este proceso sería un importante paso para evitar el inicio de la EA, su progresión o para buscar tratamientos que mejoren sus manifestaciones. Un gran avance sería contar con modelos animales predecibles que agilizaran la investigación. Aunque se han hecho avances en este campo, estamos todavía lejos de contar con dichos modelos, en gran parte por la dificultad de “simular” algo tan complejo como el cerebro de una persona con EA.

¿Se puede prevenir?

Esta es la pregunta de mayor interés práctico. Los estudios epidemiológicos que describen cómo se comportan grupos de personas con diversos factores de riesgo o de protección pueden aportar importantes respuestas. De hecho, se reconocen ya algunos de estos factores de riesgo: p. ej., traumatismos craneoencefálicos repetidos, hipertensión, o de protección: p. ej. actividad intelectual mantenida durante la vejez. Otra rama de las ciencias biológicas que puede aportar mucho es la genética. Esta es un área de gran actividad investigadora, con el objeto de identificar genes o mecanismos genéticos que “favorecen” o “evitan” la aparición de la EA. Aunque parece que, salvos casos poco frecuentes, no hay un marcador genético simple asociado con la EA, sino que interaccionan diversos factores genéticos, se han realizado avances en este campo. Así, se ha identificado que las personas con un tipo de proteína, apolipoproteína E 4, pueden tener un mayor riesgo de presentar EA.

¿Se puede detener una vez que se ha desencadenado la enfermedad? ¿Pueden tratarse y mejorar los síntomas?

Es este campo, con el desarrollo de medicamentos, es donde quizás se hayan obtenido los resultados más tangibles. En los últimos 15 años se han aprobado cuatro fármacos para pacientes con EA leve a moderada y grave que producen una mejora en los síntomas cognitivos y un retraso de la progresión en las fases iniciales de la enfermedad. Se han ensayado muchos fármacos y algunas vacunas terapéuticas que han sido desechados por no ser eficaces o por dar lugar a efectos adversos importantes. De cualquier modo, es esta el área de mayor actividad e inversión y hay varias decenas de medicamentos en desarrollo clínico en estos momentos. Confiemos que alguno de ellos vea la luz y suponga ventajas sobre los ya existentes. Junto a ello, los avances en un mejor diagnóstico de la enfermedad (marcadores biológicos, pruebas de imagen) van a ser decisivos en la adecuada selección de las personas para tomar parte en los estudios y para evaluar el efecto de los fármacos.

Aspectos éticos de la investigación clínica en la enfermedad de Alzheimer

No hay que olvidar nunca que la investigación clínica se realiza en personas, por personas y para personas. Por ello, la dignidad de los participantes en los estudios, el respeto a sus derechos y procurar que obtengan el mayor beneficio por su participación deben estar presentes en cualquier estudio. Los ensayos clínicos deben cumplir una serie de requisitos éticos que justifiquen la participación en ellos de enfermos con Alzheimer. Entre ellos, deben ser aprobados por un Comité Ético de Investigación Clínica independiente que evalúe si la investigación propuesta cumple con dichos requisitos y no supone un riesgo inadecuado para los participantes. Los pacientes con EA pueden tener dificultades por su enfermedad para entender claramente la investigación y poder dar su consentimiento de forma válida. En estos casos, puede ser necesario que el consentimiento lo otorgue, según las normas legales vigentes en España, su representante legal.

En España, aunque se carece todavía de un plan nacional de investigación sobre EA, hay muchas instituciones públicas y privadas, en el ámbito universitario y sanitario, y que financian y promueven investigación en EA desde hace varios años.

¿Qué puedo hacer yo?

La responsabilidad de mejorar esta situación nos corresponde a todos. Lamentablemente, la posibilidad de que un familiar cercano, o incluso uno mismo, se vea afectado por la EA no es pequeña. Por tanto, la contribución individual en forma de donaciones o participación en actividades benéficas que fomenten la investigación, el apoyo a entidades o a instituciones que favorezcan dicha investigación, está en manos de todos. La participación voluntaria en estudios, bien como sujeto o como cuidador, supone un mayor grado de compromiso, pero es imprescindible para conseguir que la EA sea solo una mal recuerdo para nuestros descendientes.