Mal de altura… ¿qué nos ocurre?

Marta Aguado Sevilla. MIR Anestesiología y Reanimación. Complejo Hospitalario de Navarra. Rubén Goñi Robledo. FEA Traumatología y Ortopedia. Complejo Hospitalario de Navarra

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No es sorprendente que el viajar a grandes altitudes provoque malestar, pero todavía no comprendemos por completo cómo esta escasez de oxígeno deriva en el mal de altura.

La mayoría de la gente se encuentra bien hasta los 2500 m de altitud, la presión barométrica equivalente a aquella a la que están presurizadas las cabinas de los aviones. Sin embargo, incluso a 1500 m sobre el nivel del mar se puede notar una falta de respiración superior a lo normal durante el ejercicio, así como una reducción de la visión nocturna. Por encima de los 2500m, los síntomas del mal de altura son más apreciables.

Mal agudo de montaña

Se trata de la enfermedad más común en las alturas. Algunas veces también se le conoce como mal de altura o mal de montaña y en Sudamérica se llama soroche. La mayoría de la gente sufre el mal agudo de montaña como una enfermedad relativamente leve y autolimitada.

¿Cuáles son sus síntomas?

Cefalea, anorexia, náuseas y vómitos, insomnio, ataxia y edemas periféricos. El mal de altura puede aparecer después de varias horas de exposición a alturas superiores a 2.500- 3.000 m, aunque la susceptibilidad a este problema presenta variaciones interindividuales y puede aparecer a menos altura.
Las medidas farmacológicas profilácticas en los montañeros incluyen una ascensión lenta (300 m/día) o «hacer escala» permaneciendo varios días en una altitud intermedia de unos 2.000 m. Las medidas preventivas farmacológicas incluyen la administración de acetazolamida, cuya actuación se atribuye al aumento de la respuesta ventilatoria a la hipoxia como resultado de la diuresis de bicarbonato.
Aunque la mayoría de las personas se recupera de forma espontánea después de varios días a gran altitud, el mal agudo de montaña puede tratarse eficazmente con oxígeno y descendiendo. Un descenso de solo 500-1.000 m suele permitir la resolución. Un descenso simulado mediante el uso de una cámara hiperbárica inflable portátil (bolsa de Gamow o similar) que funciona con una bomba de pie también es eficaz. Éste también responde a la dexametasona en dosis de 4 mg cada 6 h, aunque pueden aparecer síntomas en cuanto se interrumpa el fármaco. El insomnio asociado al mal de altura responde al tratamiento con acetazolamida. Los fármacos sedantes/hipnóticos pueden deprimir la ventilación y empeorar la hipoxia, por lo que deberían emplearse con cautela. El zolpidem vía oral, mejoran la calidad del sueño a gran altitud y no parecen deprimir la ventilación en personas sanas jóvenes.
Es posible que los síntomas del MAA aparezcan a nivel del mar y tal vez la cefalea asociada a la apnea obstructiva del sueño y la asociada al uso de opioides puedan deberse a una forma de «MAA» provocada por una hipoxemia leve secundaria a depresión respiratoria.

¿Quién podría sufrir el mal de altura?

Cualquiera que viaje a altitudes superiores a 2500 m corre el riesgo de sufrir mal agudo de montaña. Normalmente no se hace patente hasta después de permanecer unas horas a esa altitud. Parte del misterio es que es difícil predecir quién se verá afectado.

Existen varios factores asociados a un mayor riesgo de desarrollo de esta afección. A mayor altitud y mayor velocidad de ascenso, mayor es la posibilidad de sufrir mal agudo de montaña. Si has sufrido mal agudo de montaña con anterioridad tienes más probabilidades de sufrirla de nuevo. Las personas de más edad tienden a sufrir menos esta afectación, aunque esto también podría deberse a que tienen más sentido común y ascienden a menos velocidad.

Anestesia en altitud…

Debido a la reducción de la PO2 ambiental a grandes altitudes, es probable que se agrave el riesgo de hipoxia perioperatoria, sobre todo en los recién llegados. Los opioides deprimen tanto la taquicardia como la taquipnea que suelen aparecen en respuesta a la hipoxemia aguda. Se ha descrito la lenta recuperación de la consciencia y cefalea postanestésica. Si se administra ventilación asistida o controlada durante el procedimiento y administramos O2 suplementario postoperatorio no aparecieron estas complicaciones. Por otra parte, los residentes a largo plazo en elevada altitud pueden ser más tolerantes a la hipoxemia. También el mantenimiento de la PaO2 en el rango de referencia a nivel del mar provocará una pérdida de la adaptación y la dificultad de readaptarse el paciente a respirar aire ambiente.
Además se ha descrito una mayor pérdida de sangre por las heridas quirúrgicas en situación de altitud. Este efecto se ha atribuido al aumento de la presión venosa y del volumen sanguíneo, a la vasodilatación y a la mayor densidad capilar.