Medicación y calor en las personas mayores: el riesgo del verano que muchas veces no vemos venir


Ana Lydia Sánchez Aso. Médica especialista en Geriatría. Hospital Ernest Lluch de Calatayud. Zaragoza.

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Cuando pensamos en el verano y en las personas mayores, casi siempre nos vienen a la cabeza los mismos consejos: beber agua, evitar el sol, bajar persianas, usar ropa ligera o no salir a la calle en las horas de más calor. Todo eso es importante, sin duda. Pero hay un detalle del que se habla mucho menos y que, sin embargo, puede marcar la diferencia entre pasar un verano tranquilo o acabar con una descompensación: la medicación habitual.

Porque el calor no afecta igual a todo el mundo. En las personas mayores, el organismo tiene más dificultades para adaptarse a las altas temperaturas. Muchas veces tienen menos sensación de sed, se cansan antes, pierden líquidos con más facilidad o toleran peor los cambios bruscos de temperatura. Y si además toman varios medicamentos al día, la situación puede complicarse sin que nadie lo note al principio.

A veces el problema no aparece de forma llamativa. No siempre hay fiebre, ni un gran mareo, ni una caída repentina. En muchas ocasiones empieza de una manera más silenciosa: más sueño de lo habitual, menos ganas de comer, cierta debilidad, algo de confusión, torpeza al caminar o la sensación de que “está raro” o “no está como otros días”. Son señales pequeñas, pero importantes.

Algunos tratamientos pueden hacer que el cuerpo pierda más líquidos, que la tensión baje con más facilidad o que la persona esté más somnolienta y reaccione peor al calor. Otros pueden favorecer el estreñimiento, la sequedad o una peor tolerancia a los días muy calurosos. No se trata de que los medicamentos sean malos, ni mucho menos. Se trata de recordar que en verano el cuerpo cambia, y lo que en invierno se tolera bien, en julio o agosto puede requerir más vigilancia.

Esto ocurre especialmente en personas mayores que viven solas, que ya han tenido mareos o caídas, que toman muchos fármacos, que tienen problemas de memoria o que dependen de otros para beber, comer o controlar bien su medicación. En estos casos, el calor puede actuar como la chispa que desequilibra una situación que parecía estable.

Por eso, uno de los mejores consejos al empezar el verano es algo muy sencillo: revisar la medicación habitual. No para suspenderla por cuenta propia, sino para comprobar si todo sigue igual de adecuado, si hay que extremar precauciones y qué síntomas deben vigilarse en casa. A veces basta con adelantarse un poco para evitar un susto importante.

Conviene recordar que modificar un tratamiento sin indicación médica puede ser peligroso. Pero también lo es no prestar atención a ciertos cambios. Si una persona mayor está más apagada, más dormida, más débil, orina menos, come peor, se marea al levantarse o se muestra más desorientada de repente, no siempre es “por la edad” o “por el calor sin más”. A veces detrás hay una combinación de altas temperaturas, poca ingesta de líquidos y medicación que el cuerpo ya no está tolerando igual.

En verano, prevenir sigue siendo la mejor herramienta. Ofrecer agua con frecuencia, aunque no la pida; evitar paseos en las horas centrales del día; mantener la casa fresca; usar ropa cómoda y ligera; y observar los pequeños cambios del día a día puede ayudar mucho más de lo que parece.

Porque en geriatría, el calor no siempre da la cara de forma evidente. A veces llega disfrazado de cansancio, de inapetencia, de somnolencia o de confusión. Y ahí es donde conviene estar atentos. Cuidar a una persona mayor en verano no es solo recordar el agua y el abanico. También es mirar de cerca su tratamiento y entender que, con altas temperaturas, algunos riesgos se vuelven menos visibles, pero mucho más importantes.