La nutrición desempeña un papel esencial en el cuidado de las personas con enfermedad hepática crónica. Un estado nutricional adecuado contribuye a preservar la masa muscular, mantener la energía diaria, mejorar la respuesta al tratamiento y disminuir el riesgo de complicaciones. Por el contrario, la desnutrición es frecuente en las hepatopatías y se asocia a peor evolución clínica.
En términos generales, las personas con enfermedad del hígado necesitan comer suficiente cantidad de calorías y proteínas. Durante años se pensó que las proteínas podían ser perjudiciales, especialmente en pacientes con cirrosis o encefalopatía hepática. Sin embargo, hoy se sabe que no deben restringirse, ya que son fundamentales para mantener los músculos y el sistema inmunitario. Se recomienda un consumo diario adecuado, distribuido en varias comidas, utilizando fuentes como pescado, huevos, lácteos, legumbres, frutos secos y carnes magras.
Un aspecto clave es evitar los ayunos prolongados. El hígado enfermo almacena menos energía, por lo que pasar muchas horas sin comer favorece la pérdida de masa muscular y el cansancio. Por este motivo, se aconseja realizar 4–6 comidas al día e incluir una ingesta nocturna ligera antes de acostarse, especialmente en pacientes con cirrosis.
Los hidratos de carbono deben ser una fuente principal de energía. Es preferible priorizar los carbohidratos complejos, como pan, arroz, pasta, patatas, cereales y legumbres, evitando el exceso de azúcares simples. Las grasas no deben eliminarse, pero conviene moderar las grasas saturadas y favorecer las grasas saludables, como el aceite de oliva, el pescado azul y los frutos secos.
En pacientes con retención de líquidos (ascitis o edemas), suele ser necesario reducir el consumo de sal, evitando alimentos procesados, embutidos y comidas preparadas. Esta medida siempre debe ajustarse a las indicaciones médicas individuales.
El alcohol debe evitarse completamente, independientemente de la causa de la enfermedad hepática, ya que incluso pequeñas cantidades pueden empeorar el daño del hígado y acelerar la progresión de la enfermedad.
Por último, es frecuente que existan déficits de vitaminas y minerales. No se recomienda tomar suplementos por iniciativa propia, pero sí seguir los controles médicos y tomar los complementos que el especialista indique.
Una alimentación equilibrada, adaptada a cada persona y supervisada por profesionales sanitarios, es una herramienta terapéutica fundamental para mejorar la calidad de vida y el pronóstico de la enfermedad hepática.
AUTORES:
Pilar Bernal Checa: Médico especialista Aparato Digestivo (H San Jorge).
Leticia Ollero Domenche: Médico especialista en Anatomía Patológica (H Miguel Servet).


