El «segundo cerebro» en cuidados intensivos: ¿por qué alimentar el intestino salva vidas en la UCI?


María Isabel Ostabal Artigas. Medicina Intensivista. Hospital Miguel Servet. Zaragoza. Daniel Girones Lirio. Residente de Medicina Intensiva. Servicio de Medicina Intensiva. Hospital Miguel Servet. Zaragoza. Cristina Hernando Gracia. DUE. Servicio de Medicina Intensiva. Hospital Miguel Servet. Zaragoza

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Cuando pensamos en un paciente ingresado en estado grave en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), la imagen que nos viene a la mente incluye monitores cardíacos, respiradores artificiales y medicamentos potentes para mantener el corazón latiendo. Tradicionalmente, la medicina se centraba casi en exclusiva en salvar estos órganos principales. Sin embargo, en los últimos años, la ciencia médica ha descubierto que el destino de los pacientes más graves depende, en gran medida, de un órgano que solía pasarse por alto en las crisis: el intestino.

Hoy sabemos que el sistema digestivo no sirve solo para digerir la comida; es una pieza clave de nuestras defensas. Por eso, una técnica llamada Nutrición Enteral Temprana —que consiste en alimentar al paciente mediante una sonda directa al estómago o al intestino en las primeras 24 a 48 horas— se ha convertido en una de las herramientas más poderosas para salvar vidas en los hospitales.

Para entender su importancia, debemos imaginar qué le ocurre al cuerpo ante un trauma grave, una cirugía de gran envergadura o una infección generalizada (sepsis). El organismo entra en un estado de alarma máxima y activa un «modo de supervivencia». Para proteger lo más urgente, desvía la sangre oxigenada hacia el cerebro y el corazón, dejando al sistema digestivo con el riego mínimo.

Si el intestino pasa días sin recibir alimento, ocurre una catástrofe silenciosa. Sus células comienzan a morir y las paredes intestinales, que funcionan como una muralla infranqueable contra los microbios, se debilitan y se vuelven porosas. Cuando esta barrera se rompe, las bacterias que viven pacíficamente en nuestro digestivo logran escapar, cruzan la pared y entran directamente al torrente sanguíneo. Este fenómeno se llama translocación bacteriana y es el responsable de que muchos pacientes empeoren gravemente, sufran infecciones masivas y sufran fallos en el resto de sus órganos.

Durante décadas, el dogma médico dictaba que un paciente crítico debía mantener el aparato digestivo en reposo absoluto. Se creía que comer gastaba una energía preciosa que el cuerpo necesitaba para luchar. La ciencia moderna ha demostrado que ese ayuno prolongado es, en realidad, muy peligroso.

Actualmente, las guías médicas internacionales exigen alimentar al paciente lo antes posible. Incluso si la persona está muy inestable y no tolera una comida completa, los médicos aplican la nutrición trófica: administrar gotitas constantes de alimento (apenas una cucharada por hora). Esto no busca nutrir todo el cuerpo, sino «dar de comer» directamente a las células del propio intestino para mantener la persiana bajada contra las bacterias y enviar la señal al cuerpo de que la crisis está bajo control.

La introducción de la alimentación precoz en las Ucis ha transformado la supervivencia de los pacientes graves gracias a cuatro pilares científicos:

  • Freno a las infecciones: alimentar el intestino reduce drásticamente el riesgo de sufrir neumonías hospitalarias o infecciones de sangre.
  • Escudo inmunitario activo: el 70% de las defensas de nuestro cuerpo residen en el intestino. Al estimularlo con alimento, mantenemos el sistema inmune despierto y coordinado.
  • Menos tiempo de hospitalización: los pacientes que reciben nutrición temprana logran retirarse antes del respirador artificial y pasan menos días ingresados en la UCI.
  • Protección de la microbiota: el alimento mantiene vivas a las bacterias «buenas» de nuestra flora intestinal, impidiendo que los microbios peligrosos y resistentes de los hospitales colonicen el cuerpo.

AUTORES:

María Isabel Ostabal Artigas. Medicina Intensivista.

Daniel Girones Lirio. Residente de Medicina Intensiva.

Cristina Hernando Gracia. DUE.

Servicio de Medicina Intensiva. Hospital Miguel Servet. Zaragoza