La alimentación e hidratación de los niños en verano

Dra. Elena Aznal Sainz

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En verano, se produce un cambio en las costumbres y alimentación del niño. Los horarios se desordenan, los niños duermen hasta más tarde, salen a jugar y no quieren perder tiempo en comer, aumentan las chucherías, helados y refrescos, disminuyendo la ingesta de la comida principal, por esto en esta estación del año hay que tener especial cuidado con su alimentación.

En el verano, en el caso del niño, al calor ambiental hay que añadir el mayor número de horas que pasan al sol, jugando al aire libre en el parque, en la playa o en la piscina. Estas situaciones se acompañan de mayor ejercicio físico, un aspecto éste último que debemos fomentar.

Precisamente, durante la realización del ejercicio físico, aumenta la temperatura corporal. Para compensar este efecto hay un incremento de la circulación en la piel y una producción de sudor que pretende disipar este calor. La cantidad de sudor depende, además, de la humedad ambiental y del tipo de ropa que lleve el niño.

En verano, en concreto, debemos preocuparnos sobretodo del mantenimiento de una correcta hidratación, tanto mediante la ingesta de líquidos como a través del mantenimiento de una dieta adecuada.

Fiebre por deshidratación

Los lactantes (hasta el año de vida) y los niños menores de 3 años son los grupos de mayor riesgo ante la aparición de la deshidratación en verano. En este sentido, para prevenir los riesgos de la deshidratación, se debe evitar la exposición al sol en los niños hasta los 6-8 meses de edad. También es aconsejable siempre pasear o estar a la sombra protegido de los rayos ultravioleta y de los ambientes calurosos.

El niño debe beber una cantidad adecuada de agua y bebidas diariamente, que oscila entre 0,6 litros en el primer año de vida y los 1,8- 2,6 litros en la adolescencia. Cuanto menor es el niño menor capacidad de expresar el deseo de la sed, por lo que le ofreceremos agua sin forzar, sobre todo, si la temperatura ambiental es elevada, como en el verano.

Estos niños, sobre todo los recién nacidos, deben consumir cantidades mucho mayores de agua, en relación a su peso, que el adulto. Si se administra una cantidad insuficiente, sobre todo en esta época, aparece la denominada “fiebre por deshidratación”, habitual a esta edad, y que consiste en la aparición de fiebre, que puede llegar a ser elevada, debido a una insuficiente toma de líquidos.

Agua y leche

Los niños mayores también sufren los efectos del calor, pero ya son capaces de pedir agua o beber solos cuando tienen sed.

La principal fuente de agua es la ingesta de agua de bebida como tal, o la empleada durante la preparación culinaria de diferentes alimentos, que poseen a su vez una mayor o menor cantidad de agua. La leche, que es el único alimento natural que permite por sí solo subvenir las necesidades de los mamíferos durante largos periodos, es un producto muy rico en agua (88%).

En los últimos años asistimos a un aumento de consumo de zumos de frutas y de bebidas refrescantes en la población infantil.

En los niños, los zumos de frutas pueden producir diarrea por la alteración de la absorción de la fructosa y del sorbitol. Su consumo aumentado se asocia con la aparición de caries y obesidad.

Las bebidas de refresco carbonatadas también se han implicado en un mayor riesgo de caries dental, sobrepeso u obesidad y alteraciones del metabolismo de la glucosa por incremento de la insulina tras su ingesta.

Por todo ello, hay que recordar, que el agua y la leche deben seguir siendo las bebidas fundamentales del niño y el adolescente, sobretodo en los meses de verano.

En cuanto a la alimentación, en los lactantes y niños pequeños el cambio es mínimo en este sentido, debiendo mantener el ritmo y el tipo de lactancia habitual.

La alimentación es importante en toda época del año, teniendo en cuenta que en general los déficits de vitaminas, minerales, oligoelementos y macronutrientes, se evitan con una dieta adecuada.

Como norma general, fuera del período de la lactancia, la distribución de la dieta debe reglarse en el 25% con el desayuno, el 30 % con la comida, el 15 % con la merienda y el 30 % con la cena.

La distribución calórica debe ser del 50-60% en hidratos de carbono (con no más de un 10 % de refinados), el 30-35% en grasas y el 10- 15% en proteínas de alta calidad.

Se debe incluir a diario alimentos de todos los grupos:

Leche y derivados

  • Ingesta de 500-1.000 ml / día que cubrirán las necesidades cálcicas.
  • Principal fuente de calcio como prevención de la osteoporosis en etapas adultas.

Carnes, pescados, huevos y legumbres

  • Preferibles las carnes y pescados magros. Con el aporte adecuado de carne se cubren las necesidades de hierro, cinc y otros oligoelementos.
  • Evitar la grasa visible, por su alto contenido graso.
  • Se aconseja el consumo de pescado frente a la carne por su menor contenido energético y su mejor perfil graso.
  • Limitar el consumo de embutidos (ricos en grasa saturada, colesterol y sal).
  • Huevos no más de uno al día y de tres a la semana.
  • Promover el consumo de legumbres.

Cereales

  • Se incluyen en este grupo los cereales fortificados o integrales (más aconsejables), el gofio, el pan y las pastas.
  • Altamente recomendables en la alimentación diaria de los niños.

Frutas, verduras y hortalizas

  • Incluir cada día frutas maduras (2-3 piezas) y verduras frescas si es posible.
  • Almacenar las verduras donde no les den la luz ni el aire (refrigerador o bodega).
  • Se aconseja ser lavadas enteras sin dejarlas en remojo, para evitar la difusión de nutrientes al agua de lavado.
  • Deben pelarse para evitar contaminantes. Las frutas y verduras aportan el complemento vitamínico.

En conclusión, de cara al verano hay que procurar no alterar demasiado las costumbres alimenticias del niño, ni en cuestión del tipo de horario ni en cuestión del tipo de alimento, aunque lógicamente se pueda introducir alguna variación propia de la época de calor, como un aumento del consumo de líquidos, sobre todo en los niños pequeños, de comidas frías y por qué no, de algún helado.